4

Definitivamente he mejorado. De verdad, muchísimas gracias. No podría haber hecho nada de todo esto de no ser por ti.

Oh, bueno, perdona. No te he dado la gran noticia. ¿Recuerdas que Atieno me había regalado un vestido y me había dicho que pronto lo necesitaría? Pues se ve que se estaba guardando la sorpresa desde hacía tiempo: han organizado una cena de trabajo y, ¿sabes qué? ¡Estoy invitada!

Sé que en realidad no es gran cosa para cualquier otra persona. Quiero decir, para los demás esto debe ser algo normal, sin embargo para mí es algo tan raro como encontrarme un cadáver que huela a flores sobre mi mesa de trabajo.


Perdona.

Intento cambiar mi sentido del humor y a veces creo que digo cosas un poco… incómodas. Lo que quería decir es eso, que nunca me había pasado algo de este estilo y estoy muy contenta por ello. De alguna manera me siento como si estuviera en la cumbre de una montaña, y aunque a mi alrededor hay algunas más altas, creo que puedo llegar hasta la cima de las demás con alzar un poco mis brazos.
Me encantaría decírselo a todo el mundo. Gritar desde esa cima que por fin estoy siendo aceptada por los demás y con ello, creo que un poco por mí misma también. Es una sensación muy agradable. Cada vez que pienso en ello me entran ganas de llorar.

Aunque en realidad tengo entendido que estoy invitada a esa cena porque Atieno ha movido algunos hilos, pero no me molesta que sólo ella se haya acordado de mí. Me alegra que hayamos creado un vínculo y que cuente conmigo para cualquier cosa. Saber que he hecho mi primera amiga me hace esbozar una sonrisa tonta. Es que lo pienso y no puedo evitar reír.

No me apena que esta situación la esté viviendo a estas alturas de la vida. Estoy feliz de que la esté viviendo. Es un pensamiento optimista, ¿será que se me está pegando un poco el carácter de mi amiga?

Amiga. Amiga. Amiga. Mi amiga. No quiero –ni puedo- parar de decirlo. ¡Suena tan bien!

Atieno me ha dicho que estos días parezco una de esas adolescentes de las series que hay en horario para todos los públicos que sueñan con su primer amor. Fue algo que me dejó pensando.

¿Estaré enamorada de ella?

Pero, de nuevo, como si lo hubiera dicho en alto, me gritó “¡somos amigas!” y yo repetí como un eco “¡amigas! ¡amigas!”. No entiendo mucho sobre el amor y esas cosas, así que creo que es comprensible que confunda términos.

He buscado un poco por internet y dicen que cuando una persona está enamorada de otra no deja de pensar en ella, sus gestos le afectan más de lo normal, tiene detalles… Vale, es cierto que igual cumplo todas esas cosas, pero estoy segura de que tiene que haber algo más que se me escapa.

En las películas los enamorados sueñan con estar juntos, viajar… Ahora que lo pienso, debe ser divertido hacer eso con ella.

Vaya. Pero… Mmm… Bueno… Pero… ¡Pero quieren besarse! Y yo no quiero besarla. Así que sólo somos amigas.

¿… verdad?


Ahora que te lo estoy contando, la verdad es que me estoy dando un poco de pena a mí misma. Sé que tú no vas a juzgarme, así que me siento cómoda diciéndotelo, pero sí, entiendo que debería calmarme un poco. Aunque también tengo todo el derecho del mundo a disfrutar de esto, a pesar de que ya ha pasado un mes desde lo del vestido. Si estoy así, quiere decir que todo va bien, ¿verdad? ¿No?

Aun estando todo bien respecto a mi relación con Atieno, hay algo que me preocupa de sobremanera, y es que la cena de trabajo va a ser precisamente de eso, de trabajo, por lo que no estaremos Atieno y yo solas.

Estará lleno de gente, de caras completamente desconocidas para mí junto a esas de las que sólo conozco sus perfiles o rostros cuyas miradas aún no he visto. Me pongo nerviosa con sólo imaginarme sentada con todos ellos. Probablemente hablen de temas sociales suyos, por lo que no sabré qué decir en ningún momento, dado que para ellos tan solo soy “la de los muertos”. Lo más seguro es que no se sepan ni mi nombre, incluso cuando está escrito en todos los informes del edificio. Con esto no quiero decir que no sean profesionales y no los lean, solo… no le prestan mucha atención a mi nombre, ni a mí. Eso es todo.

Desde luego que no la necesito en absoluto, pero estaría bien que de vez en cuando respondieran a alguno de mis saludos, aunque ya ni me molesto en hacerlo.

Viendo lo que hacen, cómo se comportan, me doy cuenta de que no me pierdo nada. Ninguno de ellos es como Atieno. Además, ella vendrá a la cena, así que todo estará bien, solo tengo que estar con ella. 
¿Crees que se extrañará si le pido que no me deje sola?

Mejor me quedo con ella y ya está, prefiero evitar problemas.

De todas formas, quién sabe, ¿crees que con el vestido que me regaló Ati cambiará esa mala costumbre que tienen los demás? Me ha dicho que se muere por volver a verme con él puesto, y la verdad es que con saber eso me conformo.

...

Por cierto, parece ser que hay un motivo para que se celebre la cena, como con todas las anteriores. Solo que esta vez no es Navidad, ni Acción de Gracias, ni el cumpleaños o el ascenso de alguien. Esta vez es una fiesta de bienvenida para un trabajador nuevo que se incorporará la semana que viene. En eso, supongo que es diferente a todas las cenas anteriores, además de que a esta también asistiré yo.

Tengo un poco de curiosidad por saber qué clase de persona es. ¿Podré llegar a ser amiga suya como me pasa con Atieno? ¿En qué puesto trabajará? ¿Coincidiré con esa persona en alguno de los horarios? ¿Será un hombre o una mujer?

Ser el nuevo es algo muy duro, así que lo mejor será que le hable cuando llegue. Pero, ¿igual al hablarle de forma repentina se asusta? Debo pensar bien cómo voy a hacerlo todo.


Solo quedan dos días -unas pocas horas-, pero estoy segura de que me dará tiempo a pensarlo todo con calma. Tampoco es que fuera a dormir mucho estas noches. No puedo hacerlo cuando estoy nerviosa. Muchas veces desearía poder tener un botón de encendido-apagado en mi cerebro. Así estaría mucho más tranquila, pero poco a poco lo estoy cada vez más, ya que sé que ya no estoy sola. Porque tengo a Atieno… y te tengo a ti.

3



¿He dicho ya que los cambios bruscos en mi vida son estresantes? Porque lo son. Terriblemente. Sin embargo sé que este lo necesitaba.

Debo agradecer la consideración que tienes conmigo por escucharme y ayudarme con todo esto. Sé que a veces puedo ser un poco desquiciante, y de alguna forma estás haciendo que comprenda mejor el comportamiento –sobre todo en el ámbito social- del ser humano.

Creo que estoy teniendo avances positivos, ¿sabes? Poco a poco parece que me voy integrando cada vez más en las oficinas. La verdad, todo es gracias a Atieno –y a ti, claro-.

El otro día me choqué con ella en las escaleras que se dirigen a la morgue. Fue gracioso porque ella me estaba bajando un café y yo estaba subiendo para comprarle uno, así que por primera vez en la vida, nos sentamos a hablar durante más de dos minutos. De hecho, ¿creo que fueron 15 minutos? ¿Media hora? No sabría decir.

Todo fue como si estuviéramos metidas en una burbuja y el tiempo solo avanzara para el resto del mundo.

Hablamos de muchas cosas en nuestro descanso para el café. Ahí me enteré de que le encanta el cine y los libros, justo como a mí. Cuál fue mi sorpresa cuando me dijo que su película favorita era “Aterriza como puedas”. Pensaba que le gustaban más las películas románticas, de hecho se lo dije. Ella me respondió con una carcajada que no supe interpretar muy bien.

¿Triste? ¿Amarga?

No hablé más del tema por si acaso, pero le comenté que si alguna vez tenía un problema, que contara conmigo. Ella me sonrió y yo me sentí, curiosamente, aliviada.

¿No es extraño? ¿Alivio por pensar que si necesita algo, acudiría a mí?

Necesito prepararme más para este tipo de cosas…

¡Pero eso no fue todo! Como, para bien o para mal, yo no tenía trabajo que hacer y ella libraba por la tarde, nos dedicamos a ver tiendas y comprar ropa. Después de todo, siempre que me veía me decía que teníamos que ir.

Sinceramente, nunca había sido ninguna de esas chicas de las películas que se van de compras y volvían a casa cargadas de bolsas colgando de sus muñecas. De hecho, suelo comprar por internet. Si tengo dudas con la talla, compro una de más, solo por si acaso. Prefiero ir cómoda y que un jersey me quede ancho a no poder respirar de lo ceñido que está.

Lo que quiero decir es que no suelo salir de tiendas. No es por pereza ni nada de eso. Ya sabes...


Tampoco necesito ropa nueva cada poco tiempo, ¿no? Estoy bien con la que tengo.

El caso es que me llevó casi tirándome del brazo. Entramos en tiendas de nombres impronunciables cuyos precios rozaban lo absurdo. Tampoco entiendo mucho la moda de la actualidad. ¿Por qué una camiseta que apenas tiene tela es más cara que una normal? ¿Y por qué no encuentro ninguna normal? ¡No pido tanto! Solo algo que me tape el ombligo y no transparente mi pecho.


Perdón, me voy por las ramas.

Una de las tiendas que más llamó mi atención fue la última a la que entramos. Con solo poner un pie en ella me sentí pequeña. Todo, hasta la forma de los espejos o de las paredes, me parecía elegante. Debí haberme quedado boquiabierta, porque Atieno me miró y se echó a reír.

Me cogió de la mano y me llevó hasta los vestidos más bonitos que había visto en mi vida. No sabía por dónde cogerlos por miedo a doblarlos o a estropearlos. Ella cogió uno de un color que me resultó familiar: era del mismo color de sus ojos, marrones con un toque verdoso. Me recordaban a una selva.

La verdad es que sus ojos son muy agradables de ver, pero no por su color –que por cierto, ella lo llama “pardo”- sino porque son muy expresivos, pero eso hace también que siempre parezca estar nerviosa. No sé muy bien cómo explicarlo.

Mientras se lo ponía en uno de sus probadores yo me miré en uno de esos grandes espejos mientras le esperaba. Sujetando su bolso, su chaqueta y sus zapatos, admito que sentí un poco de curiosidad por saber cómo sería ser ella. Tan pronto como lo pensé, de repente me vi quitándome mis botas antiguas y mi grueso jersey y probándome su ropa.

No me sorprendió tener la misma talla, pero nunca me había visto con un estilo de ropa como ese. Tampoco pegaba mucho con mis vaqueros ni mi camiseta. O quizá era simplemente que no pegaba conmigo.

“Pero quítate los calcetines, mujer” dijo la voz de Atieno a mis espaldas. Antes de girarme para mirarla ya noté cómo mi cara comenzaba a arder.

Al mirarla no supe cómo reaccionar. Estaba preciosa, pero no sólo por el vestido que le sentaba tan bien, sino por su expresión. Se estaba riendo a carcajadas aún subida en unos tacones como esos. Se reía de mí. Sin embargo no me hizo sentir mal. Me volví a mirar en el espejo y de repente me contagió su risa.

Quería abrir un agujero en el suelo y meterme en él. Estaba avergonzada, pero creo que en el fondo también me lo estaba pasando bien.

Me bajé de sus tacones y volví a calzarme. Ella volvió a meterse en el probador a ponerse su ropa de nuevo y yo, mientras, me acerqué al espejo.

Me gusta la ropa cómoda, ¿sabes? No quiero salir a la calle y no poder caminar tranquila por miedo a caerme de los tacones o sentir el aire por mis piernas, brazos o cuello.

Tampoco me gusta mostrarlos…

No me mires así, no tengo problemas de autoestima ni me preocupa lo que otros piensen de mí, ¿vale? Es solo que no me gusta. Solo eso.

No tengo nada que esconder. 


Tan pronto como me di la vuelta, mi compañera estaba sosteniendo unos pantalones largos, oscuros, que solo había visto en las películas a las mujeres adineradas. En la otra mano llevaba una camisa muy rara que se cerraba sobre el cuello.

Le pregunté si se lo iba a probar también y ella negó con la cabeza formando una sonrisa que me dio miedo. Era para mí.

Yo me quise reír, pero cuando me di cuenta ya me había empujado a dentro del probador, gritándome que como no me lo probara, entraría y me lo pondría ella.

Atrapada entre esos tres espejos gigantes y una pesada cortina de terciopelo, me sentí cada vez más pequeña, agobiada por mi propia mirada allá donde la dirigiera. Decidí cambiarme mirando a la cortina.

La tela de los pantalones era suave y fina. Eran más cómodos de lo que parecían.

Atieno no dejaba de meterme prisa. Parecía impaciente por verme.

Me puse la camisa tan rápido como pude. Antes de abrocharme el último botón ella ya había abierto la cortina.

Se llevó una mano a la frente y sin dejar de quejarse sobre mi torpeza a la hora de vestir, me metió la camisa por dentro de los pantalones - los cuales colocó correctamente- y se quitó los zapatos para que me los pusiera, esta vez con su permiso. Dio un paso atrás y me observó de arriba abajo con un gesto de orgullo que no podía esconder. Hasta alzó sus pulgares. ¿Por qué estaba disfrutando tanto?

Me di la vuelta para volver a enfrentarme una vez más a mis reflejos. Esta vez me encontré con miradas de sorpresa.

¿Esa era yo?

Para asegurarme pellizqué mis mejillas para ver cómo las otras “yo” hacían lo mismo. No era capaz de identificarme con ellas. Es increíble cómo unos trozos de tela pueden cambiar tanto la imagen de una persona.

Ahí estaba, de pie, frente a tres copias de mi cuerpo y cara que parecían que iban a caminar sobre la alfombra roja en Hollywood.

A pesar de gustarme tanto, Atieno parecía más satisfecha que yo. No dejaba de adularme y silbar de la misma manera que habían hecho los chicos del instituto a las chicas que llevaban faldas demasiado cortas para mi gusto.

Rápidamente cerré la cortina de nuevo y me puse mi ropa de siempre. Ahora se me hacía extraño verme de esa manera, pero de todas formas no dejaba de ser yo misma.

Cuando fui a recoger la ropa que me había probado ya no estaba. Abrí la cortina y Atieno tampoco se encontraba ahí. Le busqué por toda la tienda sin dejar de fijarme en todos los vestidos y zapatos caros y brillantes que había.

Al final la encontré a la entrada, esperándome, cargando con una bolsa enorme plateada con el logotipo de la tienda.

En la calle ya, le pregunté si se había comprado el vestido que se había probado, a lo que respondió encogiéndose de hombros y sonriendo.

Vamos, que sí.

Ella tenía que seguir por una calle contraria a donde se iba a mi casa, así que nos despedimos en un cruce, pero antes de separarnos, me dio la bolsa que había estado cargando.

¿Qué?

Le pregunté si quería que se lo guardara y ella me dijo “algo así”. ¿Cómo que “algo así”? Ella se echó a reír y me dijo que era para mí.

Supongo que ya sabes qué era, ¿no? Sí, los pantalones y la camisa que me había probado. Aún ahora sigo sin saber por qué lo hizo. Cuando se lo pregunté me dijo “tengo la sensación de que lo vas a necesitar pronto”. No sabía a qué se refería, pero tras una pequeña pausa, añadió “además, para eso están las amigas”.

Noté cómo se me humedecieron los ojos. Quería echarme a llorar. Me emocioné, ¿vale? Todavía me dan ganas de hacerlo al recordarlo. ¿He progresado tanto como para que una persona como Atieno se había vuelto mi amiga?

Quise abrazarle y agradecérselo, pero me quedé paralizada. Si me movía no podría controlar las lágrimas. Se alejó, sonriente, caminando por la calle opuesta a mi casa. Cuando ya apenas podía distinguirla de la oscuridad de la noche, vi que estaba encendiéndose un cigarrillo. Entonces miré la bolsa donde estaba la ropa que me había regalado.

Para mí, esas prendas eran como un trofeo.

No. Algo mejor.


El recuerdo de uno de los mejores días de mi vida – uno que nunca olvidaré.

2



Desde que dije lo que dije la última vez, le he estado dando vueltas a eso de los recuerdos y en realidad no es algo a lo que debería darle demasiada importancia, ¿no? Quiero decir, es algo curioso que no recuerde más de la mitad de mi vida, pero tampoco es que haya nada que pueda devolverme esas vivencias ni es tan grave como parece. No es como si ahora fuera un ente vacío que deambulara sin rumbo como un zombie.

¿Es posible que por no recordar nada de mi pasado, sea capaz de acordarme exactamente de todo lo que ocurre y de todo lo que me ha ocurrido desde entonces? Porque a diferencia de lo que dicen mis padres respecto a las cámaras fotográficas – que se supone que te roban el alma, puesto que cuando en un futuro ves la foto solamente te acuerdas de lo que pasa unos minutos antes y después de que te la saquen, como si se llevara tus recuerdos – yo puedo ver como si fueran escenas de una película todo lo que ha pasado desde la universidad hasta ahora. Creo que eso en psicología tenía un nombre.

¿”Hipermnesia”, puede ser? 

Sería irónico, ¿no? Principalmente porque es una manera técnica de decir “memoria fotográfica”, además de que se supone que tengo amnesia.

Muchas veces he investigado ese problema con los recuerdos que tengo y siempre acabo chocándome con los mismos estudios que dicen que mucha gente, concretamente su mente, bloquea sus recuerdos al haber vivido una experiencia traumática, pero eso sí que me parece imposible. O eso quiero pensar, porque tampoco es que tenga ninguna explicación de mis padres por así decirlo.

¿Es posible que piensen que no tengo alma por no tener recuerdos? 

No creo. Conociéndoles, me habrían llevado a curanderos, a tribus o me habrían hecho beber infusiones de inolvidables –terribles- sabores para curarme y de eso no tengo constancia. Aunque igual debería preguntarles, pero en realidad ellos tampoco le dan demasiada importancia a ese problema. 

“Vive el presente y planea tu futuro. El pasado solo es una carga”, me dicen siempre. Puede que sean sabias palabras, pero ¿no se suele hablar también de basarse en el pasado para tener un buen futuro sin errores?

La verdad es que no sé muy bien qué hacer respecto a este tema, pero tampoco debería darle demasiadas vueltas, ya que por ahora no me sirve de nada, sólo para hacerme más y más preguntas que nunca tienen respuesta. Por ahora, me centraré en el presente y haré caso a mis padres con sus consejos.


¿Puede ser que mi trabajo sea un problema para entablar conversaciones con los demás? No creo, ¿no? Grissom siempre habla con sus compañeros en C.S.I a pesar de su… curiosos interés por los insectos, aunque él no se dedica exactamente a lo que hago yo. De hecho el encargado de la morgue de la serie es muy necesitado en el equipo y muchos hablan con él.

Con esto no digo que yo no sea necesaria. No es por echarme flores, pero estoy segura de que no encontrarían una forense tan cualificada como yo en todo el país. Puede que sí alguien más apasionado, pero en el fondo lo que importan son los resultados, al menos en este tipo de trabajo. Sin embargo, podría intentar acercarme más a mis compañeros. Sí, podría no esperar a que Ati se duerma para llevarle el café o buscar algún otro tema de conversación con mis colegas que no sea sobre el análisis de los cadáveres que me traen.


Al menos sé que eso no es normal, ¿vale? No pienses mal de mí. Me resulta difícil hacer ese tipo de cosas cuando estoy frente a otras personas porque hablar de esa clase de temas o hacer esas cosas son de lo más natural del mundo. Cuando mis padres volvían de madrugada a casa después de una noche de fiesta me los encontraba tirados uno sobre otro a la entrada del baño o de la cocina. “Parecéis un par de muertos” les decía. Entonces les preparaba unas infusiones de las suyas junto a un cubo de basura. Normalmente no llegaban al baño para vomitar y limpiar lo que dejaban era de lo más engorroso.

¿He dicho ya lo limpia que tengo la casa desde que no están ellos? Sigo sin poder creerme que dos personas sean capaces de crear tanto caos en una casa con tan pocas cosas que puedan tirarse al suelo.
Muchas veces me pregunto a quién de los dos habré salido. Esa respuesta sí que no la quiero saber.

Lo siento.

Siento irme por las ramas, es que son un tema muy recurrente del que no suelo hablar. ¿Ese es mi problema con esto? Debería hablar sobre hobbies o de mis gustos para que la gente deje de conocerme solo por el trabajo.

La verdad es que no sé muy bien qué decir. 

No tengo mucho tiempo para aficiones, aunque los fines de semana los utilizo para desconectar de todo. 

¡Ah, claro! Me encanta ver películas. “Sharktopus vs Pteracuda” es mi favorita, ¿la conoces? El cine de ese estilo me divierte mucho. Probablemente sea porque no le encuentro ni pies ni cabeza a nada de lo que dicen y de vez en cuando no me viene nada mal –intentar- buscarle el sentido al humor absurdo de ese tipo. Nunca lo consigo, pero creo que es precisamente por eso por lo que me hace tanta gracia. 

También me gusta mucho leer, siendo los libros de autoayuda los que predominan en mis estanterías. Pero no me malinterpretes, no los leo porque los necesite, sino porque me parece curioso cómo alguien puede crear una especie de “libro de instrucciones” para la vida de las personas cuando, a mi juicio, no hay ningún ser humano igual a otro. ¿Aun siendo totalmente diferentes unos de otros, se pueden aplicar los mismos consejos o recomendaciones a todos?

Comencé a leer esa clase de libros con esa pregunta en mente y por más que varíe de autores o de temas, entre todas esas páginas no hay ninguna frase que confirme que esos consejos puedan servirle a cualquiera, puesto que en el fondo, en todos los libros pone lo mismo.

Nadie puede asegurarte un buen resultado por seguir las instrucciones de algo. Aunque cumplas todo a rajatabla, puedes haber hecho las actividades que te dicen todos los malditos libros y seguir igual de antes, ¿no? ¡Incluso puedes empeorar al pensar que a otra persona puede servirle y que a ti no, ¿verdad?!


Sé que de ninguna manera soy un ejemplo a seguir para nadie, pero de todo lo que estoy aprendiendo a lo largo de estos años a la hora de establecer relaciones sociales, me gustaría aportar ideas, expandir mis conocimientos, conocer a alguien en una situación similar a la mía –sé que encontrar a alguien con la misma es imposible – y poder ayudarle.

Pensando en todo esto, tengo algo claro: quiero ayudar a los demás.

Sé que con mi trabajo desempeño una labor importante en la sociedad, al menos en mi ciudad, pero creo que necesito algo más, una respuesta que se aleje al rigor mortis de la gente entre la que me suelo encontrar.

Estoy convencida de que quiero cambiar. Quiero hacerlo.
Puedo hacerlo.

1



Muchas personas se dan cuenta de cómo han cambiado de la infancia a su edad actual. Incluso los niños tienen recuerdos de cuando apenas tenían uso de la razón y eso era algo que me irritaba bastante. 

“Podría tratarse de amnesia” decían todos los psicólogos a los que había acudido con total tranquilidad. No parecían darse cuenta que estaban tratando con una persona sin recuerdos ni de su niñez ni de su adolescencia. Se encogían de hombros, como si fuera algo completamente normal.

¿Amnesia a mi edad? No me lo creo. También sé que nunca he tenido un accidente ni un golpe en la cabeza lo suficientemente grave como para perder los recuerdos.

“No que tú recuerdes”, me repetían los psicólogos. Parecían reprimirse la risa por la elocuencia de su chiste, de muy mal gusto en mi opinión.

Estaba cansada de ellos. Ninguno había logrado darme la confianza suficiente para llegar a una segunda sesión. Ni siquiera pedirles el número de teléfono o aceptar su tarjeta de visita. Y eso que la ausencia de recuerdos era el menor de mis problemas. Si llegaba a comentarles lo que me lleva ocurriendo desde… ¿siempre? Creo que me meterían en el manicomio.

Perdón.

¿Qué modales son estos? No debería haber empezado así a explicarme. Me llamo Holi. Sí, escrito con una “l” y sin terminar en “ie”, aunque ya me doy por vencida y siempre acabo escribiendo “Hollie”, pues suena igual y todo el mundo se equivoca a la hora de escribirlo. Tengo 29 años y me dedico a la medicina forense. 

Lo sé, lo sé, soy un bicho raro porque que si me gusta estar con muertos o me divierte abrir personas por la mitad.

No, obviamente no me gusta eso. De hecho no creo que le guste a nadie, pero aun así pienso que alguien debe hacerlo. Además, tampoco es que haya ningún otro trabajo que me interese y me pagan bien, así que no me quejo.

De alguna manera, me atrajo por ser un trabajo tranquilo, donde solamente hay que fijarse bien en ciertas características y ver si siguen un mismo patrón. A veces te sorprende, así que no resulta repetitivo. También me gusta porque mi zona de trabajo está en silencio y puedo estar yo “sola” aunque esté trabajando para un equipo. Bueno, o eso esperas siempre. Ya sabes, si hubiera alguien moviéndose por allí que no fuera yo sí que sería preocupante, ¿verdad?


Bueno, no se me da muy bien tratar con los demás. Tampoco soy una antisocial ni nada de eso. Si me hablan yo respondo y a veces intento sacar temas de conversación o hacer bromas, pero creo que no es lo mismo si digo yo algo que si lo dice otra persona. No tengo esa chispa que hace que la gente quiera hablar conmigo y en realidad, creo que tampoco está tan mal. Supongo que en la Universidad me acostumbré a centrarme en estudiar y a aprobar para asegurar mi futuro laboral. Por otra parte, en el centro donde trabajo también tengo antiguos compañeros de clase como colegas de equipo. Ya sabes, ellos cogen a los malos mientras yo desempeño otro tipo de labor.

No, tampoco lo considero hacer el trabajo sucio. En el fondo son ellos los que hacen todo. Yo solamente les echo una mano. A veces incluso un hombro y hubo una vez que hasta un cráneo destrozado.


Tengo una amiga, Ati. Trabaja en las oficinas que están encima de la morgue. No tengo mucha confianza con ella, pero no se le ve mala persona. Algunas veces me trae chocolate de la máquina de la entrada y cuando es muy tarde y sigue trabajando yo le subo un café. No coincidimos mucho, pero hemos tenido nuestros momentos de charlar y siempre nos saludamos cuando llegamos a la vez, aunque no siempre sonriendo. Tiene la manía de mirarme de arriba abajo todos los días y tras ello se lleva las manos a la cabeza. “Un día tenemos que ir de compras tú y yo”, dice. Es verdad que no tengo un gran estilo para vestir, pero tampoco voy tan mal, ¿no?

En cualquier caso, empezamos a hablar por el origen de nuestros nombres. Me pareció, por cómo sonaba, que el suyo era hindú, como el mío. O al menos de una zona cercana, pero ella me dijo que nada más lejos de la realidad. Su nombre en realidad era Atieno, que provenía de una tribu de Kenia y que significaba “nacida por la noche”. Mis padres me llamaron Holi por la fiesta hindú de los colores, la cual parece coincidir con mi fecha de nacimiento.

No es que sean hindúes ni nada de eso, pero dio la casualidad de que estaban en la India de vacaciones cuando mi madre estaba embarazada y dio a luz allí. Supongo que no tenían otro nombre en mente y ese les pareció buena idea. Además, me dijeron que cuando salimos del hospital mi piel se llenó de colores por la fiesta y fue en ese momento cuando decidieron nombrarme así. 

Desgraciadamente no tengo tanta relación con ellos como me gustaría. Después de mucho tiempo se volvieron a la India a vivir, mientras que yo me quedé aquí para finalizar mis estudios sin cambiar de escuela ni mis planes para el futuro. Tienen la costumbre de hacer viajes de un día para otro sin consultar con nadie. Son almas libres y todo eso. 

A mí, sin embargo, no me gustan mucho los cambios. Y mucho menos tan repentinos como solían ser con ellos.

Tampoco han tenido problemas de dinero, así que mantenerme aquí no resultaba ningún impedimento para que ellos se fueran. De hecho dijeron que sería una prueba para ver cómo viviría mi independencia y cosas así, pero no soy tonta y sé que ellos querían vivir su vida y disfrutarla, así que no les culpo de nada. Si quieren ir a algún sitio, comer insectos y bailar bajo la lluvia o ir a fiestas en el desierto, que lo hagan. Podría decir sin ningún problema que la casa está muchísimo más ordenada sin ellos que cuando estaban por aquí y tengo entendido que eso suele ser al revés. O al menos eso es lo que suelo ver en las películas de dramas familiares. Con mis padres se podría hacer una película de humor absurdo, pero en realidad les quiero mucho.


La mayoría de recuerdos que tengo son de ellos, así que disculpa si me he enrollado mucho hablando sobre ello. Normalmente no parece que le dé tanta importancia como debería a la “amnesia” que mencioné antes, pero en realidad me parece demasiado extraño que solamente recuerde mi época desde un poco antes de comenzar la Universidad en adelante y apenas tenga algún recuerdo de algo que haya ocurrido con anterioridad.

No, no tengo ninguna foto de cuando era más pequeña, pero tampoco me extraña. Mis padres estaban convencidos de que las cámaras te robaban el alma. Me costó mucho hacer que entraran en razón. De hecho, el mismo día que supe que iba a ir a la universidad que quería, compré una cámara con algunos ahorros que tenía guardados porque pensé que me sería útil para algún momento de mis clases. Además de para tener recuerdos con mis padres que no fueran frascos de arena de las playas donde habíamos estado o cuadros que ellos mismos hacían, claro. Y no, los cuadros no eran especialmente realistas. A mí me decían que sí, pero que era un realismo que necesitaba imaginación.
Lo que ellos digan. Yo solo veía formas de colores con distintos tipos de relieve. Y creo que cualquier persona con los pies en la tierra vería lo mismo. Sin embargo hay muchísima gente que paga grandes cantidades de dinero por sus cuadros, así que probablemente la que está mal de la cabeza soy yo y no ellos.

O quizá es, simplemente, que esos compradores ven lo mismo que yo pero les gusta la descripción que dan mis padres sobre sus obras.

Entonces sigo pensando que son ellos los que están mal de la cabeza.
Y en cambio, mírame. Aquí estoy, hablando y hablando yo sola. 

Pero por primera vez me siento escuchada de verdad, así que en cierta manera me siento satisfecha. Hoy he dado un gran paso, ¿cierto? Porque me gustaría continuar con esto, pero otro día.

Hoy estoy cansada.

Autora

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Agradezco la calma y disfruto del silencio, sin embargo, si no fuera por la música, no estaría escribiendo esto. Creo que tengo un estilo de escritura desarrollado, por fin, pero tras tanto tiempo manchándome las manos de tinta y quemándome los ojos por la pantalla, creo que ha valido la pena.

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